Por: Redacción Imagen: Cortesía
Guanajuato. Gto., El trabajo individual del artista como medio de expresión, sin duda, es muy útil para la realización personal y profesional del mismo; es una manifestación pura y explosiva de emociones, experiencias e ideas acerca de la manera en la cual el artista decide su permanencia en el mundo.
Esta cara de la moneda se presta para la curiosidad del espectador y de los estudiosos del arte; sin embargo, desde
mi perspectiva, este no es el aspecto más relevante del arte sino aquel que implica su rol dentro de la comunidad: un papel incómodo muchas veces, pero que como diría el vox populi, “alguien tiene que hacer”.
El artista es una especie de vidente, capaz de traducir en su mente y luego en su obra, aquello que sucede en el tiempo y espacio contemporáneo.
Al admirar una obra de arte, los espectadores tienen acceso a la realidad nítida de lo que se vivía o vive en tal o cual época. El arte y el artista son, entonces, promotores activos del cambio aún sin quererlo; traducen el espíritu colectivo para bien y para mal; exponen lo mejor y lo peor de la naturaleza humana.
A partir de esta idea que acompaña mi existencia como artista, es que mi obra suele manifestar aspectos ambivalentes de aquello que percibo en mi entorno, con todos los matices de la vida misma: profundidad filosófica, experiencia estética, experiencia de muerte, diversión llana e, incluso, la crítica hacia aspectos de mi sociedad que me gustaría que fueran distintos, que percibo como caóticos o ruines.

Justamente, la exposición que muestro en el Museo de Arte Primer Deposito, tiene que ver con un aspecto que he retomado en esta etapa como individuo y como artista, la llamada “teoría de las cerillas”, de Laura Esquivel, en la novela “Como agua para chocolate”, que va así:
“Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que, si bien todos nacemos con una caja de cerillas en nuestro interior, no las podemos encender solos, necesitamos oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que, en este caso, el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender una de las cerillas.
Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión que haga reavivarlo.
Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse una de ellas es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento.
Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillas se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo. Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.
Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso, con los resultados que ya conocemos. Mientras más distancia tomemos de estas personas, será más fácil protegernos de su soplo.
Hay muchas maneras de poner a secar una caja de cerillas húmeda, pero puede estar segura de que tiene remedio. Claro que también hay que poner mucho cuidado en ir encendiendo las cerillas una a una.
Porque si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todas de un solo golpe, producen un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso que nos muestra el camino que olvidamos al momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino.
El alma desea reintegrarse al lugar de donde proviene, dejando al cuerpo inerte…
Desde que mi abuela murió he tratado de demostrar científicamente esta teoría. Tal vez algún día lo logre…”