Por Paulina Mendoza
A veces pienso que es imprescindible formar una comunidad alejada del anonimato, conocer a tus vecinos, pasar el balón de futbol con naturalidad cuando los niños juegan en el barrio, saber cómo está la señora de la tienda, encargarle jengibre para tu resfriado, saber quién está a tu lado, perder la timidez ante los desconocidos, en fin, tenernos más cerca. Creo que en muchas ocasiones ha estado en mi cabeza la idea de alejarnos de los celulares, de la abstracción y despersonalización de las redes sociales pero también el teléfono ha sido mi salvación (y estoy segura que la de muchos) cuando salimos a pasear por el centro de Guanajuato.
Todos tenemos derecho a pasear, ¿no es la caminata un momento de tranquilidad, dispersión, relajación? Ya lo dice Robert Walser en su libro El paseo, pasear mantiene el contacto con el mundo vivo: “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”. Si Walser hubiese vivido en Guanajuato su idea del paseo sería distinta –aunque con sombrero incluido por el sol-. La acción de pasear se convierte en una serie de encuentros fortuitos por las calles y callejones estrechos.

No todos los días pero en varias ocasiones al salir a dar un paseo por la ciudad me detengo a pensar en el valor del anonimato y mis ideas sobre una comunidad en la que nos tengamos más cerca se diluyen. La interacción social guanajuatense es muy peculiar, totalmente normal caminar por una calle y saludar a cinco personas –quizá el número aumente o disminuya dependiendo de los años que llevas viviendo en la ciudad-. Los saludos se pueden limitar a mover la mano o a un gesto con la cabeza pero cuando no se limitan se extienden a una plática superflua por la banqueta: ¿cómo estás?, ¿qué tal el día? A veces se escupen preguntas más atrevidas como ¿a dónde vas?, ¿qué haces? Y no faltan las promesas que nunca se cumplirán “hay que vernos pronto, ¿te parece en cafetal?” Una propuesta en la que existe un lenguaje implícito para no llegar al café, extrañamente las dos personas que interactúan, entienden y no cuestionan el encuentro que no sucederá.
Uno de los recursos para escapar de los saludos cuando el mundo no parece un lugar amable y no quieres emitir palabra alguna, es desviar la mirada, ver un punto fijo y aferrarte a éste, no voltear, no interactuar. Ese recurso no es tan efectivo sobre todo si no sabes fingir que estás viendo algo importante o que vas perdido en tus pensamientos, y aquí vale señalar el recurso más efectivo: ver tu teléfono. Contestar mensajes, navegar por las redes, hace que la otra persona comprenda que no puedes saludar, que no lo viste, que no estás atento. Ahí todo se disculpa puesto que los humanos ahora padecemos de las mismas adicciones, podemos ser empáticos cuando encontramos a alguien con los ojos clavados a una pantalla.

Se corren algunos riesgos al usar este recurso, desde leves tropiezos hasta el de caer en una coladera o morir atropellados, en algunas ocasiones las ganas de pasar desapercibidos son más fuertes y no nos importa arriesgar nuestra vida.
En Guanajuato la mayoría de las actividades se concentran en el centro de la ciudad desde las recreativas y laborales, el paseo por los mismos sitios hace que saludes a aquel desconocido que te encuentras a la misma hora, sus caminos se cruzan, los rostros se vuelven cotidianos y el saludo es un acto mecánico. También existe la posibilidad de encontrarte a tus amigos y si el humor es favorable incluso les das un abrazo, de lo contrario, también tratas de escapar, ¿ver el teléfono?, ¿desviar la mirada?, ¿existen más recursos para disgregarse?

He escuchado que en ciudades grandes el anonimato es una de las consecuencias del capitalismo industrial. En la revista Espai en blanc Marian Garcés apunta en su artículo “La ciudad anónima” que en la época industrial el anonimato se acercaba a una indeterminación y a una invisibilidad que representaba una promesa de libertad ante las comunidades cerradas pero también una nueva forma de control. En su texto dice que “hoy en día, las metrópolis contemporáneas ya no son gobernadas a través de la estandarización de todas las formas de vida, sino, al contrario, a través de una gestión pormenorizada de las diferencias (culturales, raciales, económicas, personales). La vida ha sido privatizada hasta el extremo de que cada uno ha visto su propio ‘yo’ convertido en una marca que debe gestionar y, por tanto, visibilizar a partir de aquello que la distingue y singulariza”.
No es que en todos los momentos quisiéramos volver a una forma más amable de control como lo era el anonimato; saludar, encontrar y reconocer afectos y desafectos en la ciudad hacen que los días cotidianos se vuelvan más interesantes, pero ¿no será que necesitamos del anonimato para poder apropiarnos de las calles nuevamente?

¿Estamos deseosos del paseo anónimo y reflexivo, de la introspección? Respóndame ustedes la próxima vez que me los encuentre en la calle y los intercepte con preguntas incómodas e innecesarias o en vez de eso, podríamos hacer de nuestra caminata diaria “una forma de amor que solo existe en el silencio”.
Seguiré saludando por los callejones y calles estrechas, manteniendo conversaciones en las banquetas, entorpeciendo el paso de los transeúntes mientras finjo que no escribí todo esto.