“Orientación transversal” de Dimitris Papaioannou encandiló con artes vivas el FIC 50

Texto e imagen: Rodrigo Cuevas

Guanajuato, Gto.- La obra multidisciplinaria del creador escénico griego Dimitris Papioannnou gestada en pandemia, deleitó al público cervantino a pesar de los contratiempos en el transporte marítimo de la escenografía, deleitó a todos por igual en su estreno en México en exclusiva para el aniversario dorado del festival.

El coreógrafo ateniense

La más reciente producción del creador escénico griego Dimitris Papaioannou tuvo su última función en el Auditorio del Estado, curiosamente frente a la otrora plaza de toros de Guanajuato. Allí asombró por tercera vez al público de este aniversario número 50 con la figura taurina y otros arquetipos divinos creados por ocho performers.

El coreógrafo ateniense multiplica y remezcla brazos, piernas y torsos de su elenco mediante la iluminación, el vestuario y el sonido, incorporando lo irracional y subconsciente a la construcción de un tiempo teatral surrealista, tal como lo hicieron en su época el teatro de la crueldad (Antonin Artaud) y el teatro radical (The Living Theatre). La obra gestada por Papioannnou en pandemia que retrata el absurdo de la vida humana deleitó al público cervantino a pesar de los contratiempos que obligaron a reprogramar sus funciones. Un montaje de vanguardia estrenado en México en exclusiva para el FIC 50.

La escena es mínima: una pared blanca con una puerta, además de una llave de agua a un costado y un tubo fluorescente en el extremo superior contrario. Este espacio se transformará tanto como los performers. A partir de la entrada de varios cuerpos vestidos de negro con cabeza de globo el escenario es un laberinto de transformaciones donde los ejecutantes crean una partitura de acciones y movimientos sublimes que llenan de símbolos la escena como la concepción y la castración, por ejemplo.

Los cuerpos y el espacio escénico no dejan de mutar, se fragmentan y se desnudan. Un toro en escena sorprende como si fuera real pero no lo es: bebe agua y hasta defeca en escena. Dimitri utiliza la magia e ilusionismo con destreza para encantarnos. La iluminación del montaje nos sitúa en la sombra, en la oscuridad, detrás de escena en busca de la luz, para restregarnos los ojos como si de un sueño o pesadilla se tratara. La puerta abatible parece indicar un rumbo dependiendo de la dirección donde se abra; de ahí aparecen y desaparecen toda clase de criaturas y objetos en un incansable, obstinado y vano deseo de sabiduría. La melancolía de la vida humana se teje entre la obstinación y la ternura, con asco y asombro.

Sísifo, Venus, Zeus, Dionisio y Deméter son algunas deidades que también desfilan durante los 105 minutos de duración de la obra, además de otros seres con cualidades humanas, bestiales y antropomorfas como el Minotauro derrotado por Teseo. Los materiales de la escenografía se modelan como si del mundo onírico se tratara. El montaje sitúa al ser humano frente a sus instintos que, si se deja llevar por ellos viene el castigo de lo imposible: secar el mar con un trapeador. El escenario termina desmontado frente a un melancólico paisaje de agua. Una obra alucinante que quedará tatuada en la edición aniversario de medio siglo de Cervantino que ya tiene su broche de oro.

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