Por: Redacción Imagen: Cortesía
Guanajuato, Gto.- Como si fuera un cuento de realismo mágico, este pueblo minero abandonado ubicado cerca del Cubo vuelve a ser ocupado por sus habitantes el primero domingo del calendario. Un centenar de personas suben la “montaña de oro” para reunirse en el templo de San Lorenzo y venerar a la virgen de Guadalupe en una tradición de más de medio siglo.
Familias completas llegan a misa al templo que data de fines del siglo XVII y comienzos del XVIII para después recorrer los antiguos callejones con altos muros que se desgajan y llegar a lo que queda de sus casas abandonadas, algunas saqueadas por busca tesoros, pero ricas en historias y naturaleza.

“Que yo me acuerdo, tiene cincuenta años. Yo estaba niño cuando mi papá ya hacía la fiesta. Me cargaba en la espalda para traerme aquí a la misa, imagina cuántos años han pasado”, dice riendo don Florentín Rodríguez, quien junto a su esposa Felisa Villa y sus hijas fueron las últimas personas que migraron de Villalpando, pero nunca han dejado de organizarla.
Don Flor heredó el oficio de minero y las llaves del templo por su padre Juan Rodríguez, mayordomo y encargado de las celebraciones religiosas del antiguo pueblo del que estima llegó a tener cerca de 700 habitantes, cayendo drásticamente a 80 en sus últimos años como habitante y actualmente solo reside por temporadas don Lorenzo Reyna.
Su esposa Felisa confiesa que “aquí viví 20 años y me quedaron muchos recuerdos muy bonitos. Vivo en El Cubo, allá duermo y todo, pero en las noches sigo soñando que vivo aquí en Villalpando”.

Recuerda don Flor que “había dos fiestas: la de San Lorenzo y la de la virgen que se hacía en diciembre. La del patrono era el 10 de agosto, pero se dejó de hacer porque no había dinero ni apoyo”, recuerda don Flor.
Con la muerte de su padre se acabaron los festejos un par de años. Eso hasta que una inexplicable manifestación familiar los hizo retomarla. Una madrugada a su hermano le tocaron la puerta a las cuatro de la mañana mientras que a esa misma hora la voz del difunto le preguntó a su madre qué pasaba con la fiesta, “que las tumbas estaban derramadas de flores y la virgen no tenía ni una”.
“A partir de ahí mi hermano y yo empezamos a hacerla de nuevo y hasta la fecha. Murió mi hermano y pues seguí yo; que muera yo y después quien siga, ¿verdad?”, asegura don Flor y cree que serán sus hijas Flor y Diana junto a sus nietos los encargados de continuar con la tradición.

Su nieto mayor de 12 años, Kevin Israel, se siente orgulloso de esta herencia porque “esta es la fiesta más bonita en la que se siente un ambiente muy bonito y se siente al señor San Lorenzo y a la virgen aquí cerca”.
Sobre las razones de celebrar a la morenita del Tepeyac en enero y no el 12 de diciembre, cuentan que fue durante los años 90 que la fiesta se recorrió al primer domingo del año como recomendación de un sacerdote.
Para el conjunto musical, danza del torito, mariachi, flores y muchos otros gastos, la familia Rodríguez Villa siempre consigue hasta el último centavo sin depender de apoyos gubernamentales o de las empresas mineras que han sido escasos. Así, esta comunidad minera honra a sus protectores espirituales, celebra a sus antepasados y resiste al paso del tiempo, la indiferencia y el olvido.