Texto e imagen: Rodrigo Cuevas
Guanajuato, Gto.- La pieza “Matthaus Passion 2727”, del director artístico y coreógrafo Tamir Ginz, conmocionó al público con una coreografía de alto nivel técnico y creatividad para imaginar, desde la perspectiva judía, el del Mesías cristiano mil años después a partir de la obra coral la Pasión según San Mateo 1727 del compositor alemán Johann Sebastian Bach.
Coregrafía potente y sublime
Anoche fue posible constatar que el FIC 50 es una ventana al mundo y la posibilidad de imaginarlo de diversas maneras y otras perspectivas a través de las artes. Mientras en la Alhóndiga las culturas de México se paseaban por su escenario de la mano del ballet folclórico de Amalia Hernández, el Teatro Juárez se llenó para ver Matthäus-Passion-2727 de la prestigiosa compañía de danza contemporánea Kamea Dance Company, una ambiciosa propuesta escénica sobre religión, un tema que socialmente evadimos abordar y que de todas formas nos sigue dividiendo como humanidad frente al racismo y la xenofobia.
Y la apuesta fue deslumbrante. Con una coreografía potente y sublime, dramáticamente excepcional, de alto nivel técnico y virtuoso en ballet clásico y danza moderna, el director artístico y coreográfo Tamir Ginz junto a su elenco de 14 bailarines puso en escena los valores en común -como el amor y la humildad- que hermanan al cristianismo y al judaísmo por sobre las diferencias que los dividen. Transformó el dolor del holocausto, que vivió Ginz a través de su padre, en belleza y poesía a través del movimiento. Matthäus-Passion-2727 es el regreso de Cristo mil años después de la creación del oratorio considerado sagrado por los cristianos: Pasión de Cristo según San Mateo escrita por el compositor alemán Johann Sebastian Bach en 1727. Ginz tomó la obra musical para reescribir la historia de estas dos religiones y hermanar a los pueblos a través de esta pieza dancística comisionada por la farmacéutica Bayer.
Con la entrada del público -que colmó la capacidad máxima del Teatro Juárez de cerca de 900 personas- ya había comenzado la función. Los bailarines, vistiendo sobriamente de negro como sacerdotes, con gabardina cortada por los costados y pantalones, deambulaban entre el público en actitud solemne en medio de una gran cantidad de humo. Varias personas confundieron a los intérpretes con personal del teatro y les solicitaban información; ellos solo miraban y reverenciaban lentamente la cabeza. En el centro del escenario, una sábana cubría un bulto.
Jugando en sus manos con una pequeña luz, en un gesto que iría transformándose durante la obra, dieron vida al Cristo que yacía desnudo en proscenio bajo una santa sábana. De ahí en adelante, la atención del público no se iría del escenario donde vemos transcurrir la vida del Cristo y la muerte de Judas, ambos sacrificados por y para la humanidad, en nueve episodios relatados corporalmente por evangelistas, la multitud del coro y el creyente individual. “Las figuras de Cristo y Judas nos deberían hermanar”, comentó Ginz en rueda de prensa. Agregó que le tomó cerca de dos décadas poder acercarse y coreografiar la obra coral de Bach, una de las más extensas del compositor alemán y consideradas sagradas por el cristianismo debido al nivel de simbolismo de los recitativos.
En la pieza fue perfecta armonía la coreografía y la música, con momentos de silencio donde el movimiento continuaba para ir tejiendo el drama y dar paso a cada episodio que concluyó con Judas sacrificado, situado bajo la misma sábana santa de Cristo. Una lección de que la danza es en esencia drama, acción en escena y que sirve para restaurar los lazos entre credos y culturas.