Texto e imagen: Rodrigo Cuevas
Guanajuato, Gto.- El color, lo vívido, lo diferente entre la homogeneidad. Así fue la majestuosa función de la prestigiosa compañía estadounidense Dance Theatre of Harlem en el 51 Festival Internacional Cervantino, reconocida por ser la primera de origen negro, de priorizar bailarines afrodescendientes en la danza clásica en Estados Unidos y construir un estilo único, de resistencia y compromiso social frente al elitismo y hegemonía occidental.
En un repleto Auditorio del Estado, la compañía y también escuela fundada en 1969 por Arthur Mitchell y Karel Shook, presentó un programa de tres piezas que deslumbró por su excelencia y originalidad, protagonizado por un elenco de 18 bailarines y bailarinas bajo la dirección artística de Robert Garland, del director de ensayos Juan Carlos Peñuelas y de la directora ejecutiva Anna Glass.
La primera pieza, con coreografía de Garland y música del compositor británico Michael Nyman, fue una mirada minuciosa al lugar donde se gesta el movimiento. Estrenada antes de pandemia, 10 bailarines portaron leotardos con teclas blancas y negras de piano en el pecho, una de ellas resaltaba por ser de color (azul en los hombres, rosa en las mujeres), creación de la artista visual Pamela Allen-Cummings, tal vez inspirada en la película “El piano” de Jane Campion que fue sonorizada por Nyman en los años 80.
El control absoluto del cuerpo y la precisión de los movimientos expresivos e interjectivos, contrastaban con la relajación y disposición de otros más cotidianos. Todo unido y mezclado en cadencia con los violines de los seis movimientos del “Cuarteto para cuerdas No. 2”, una pieza musical hecha para ballet que explora la música carnática de la India.
En los poco más de 20 minutos, el elenco entraba y salía de un escenario desnudo, sin vestimenta teatral más que el ciclorama donde se proyectaba una especie de entretejido. Por el costado, entre las luminarias de calles, se veía una especie de corredor de madera color negro con la figura en blanco de un bailarín clásico. El Dance Theatre of Harlem mostraba la belleza del movimiento al desnudo.
La segunda pieza, “Higher Ground”, fue quizá la más aclamada de la noche. Creada también por Garland pero en 2022, fue una retrospectiva a la historia de la compañía que surgió con la lucha por los derechos de la población afro en Estados Unidos. Por ello, Steve Wonder sonó fuerte en el Auditorio. Al ritmo del Rhythm and Blues, Soul y Funk, en medio de “Pas couru” y “Pirouette” se mezclaba la soltura del baile de estos ritmos, dando cuenta del sello de la compañía. También pequeños pero históricos gestos como un reiterativo puño en alto, rememoró el saludo del Poder Negro de los Juegos Olímpicos de México 1968. O movimientos actuales como el booty dance y las coreografías y poses frente a celulares y selfis. Todo fue poéticamente retratado con un elegante vestuario color terracota.
La pieza que cerró fue “Blake Works IV (The Barre Project)”, las más reciente de la compañía creada por William Forsythe en pleno confinamiento. La electrónica fragmentada y futurista del joven músico James Blake, quien tiene entre sus referentes al propio Steve Wonder, inspiró una coreografía situada en una barra, sin espejo, o tal vez con un abismo como espejo. Movimientos de suspensión y caída nos llenaron de sensaciones de restricción e incertidumbre, propias de ese tiempo pandémico. También la competencia por la destreza e individualidad ante ese fundamental instrumento de trabajo de los bailarines pareció una especie de augurio del futuro hacia el que caminamos. La compañía estadounidense habló con el cuerpo, fuerte y claro, en un sublime espectáculo.